Hace ya tiempo que lo llevo observando, aunque es algo que no se puede ni ver, sólo lo notas en las sienes, como un leve dolor de cabeza tras llevar toda la tarde trabajando. Es una pequeña presión sobre tu cabeza. Imaginando cualquier circunstancia, esta sensación crece y te envuelve como la oscuridad envuelve a la Tierra en la noche. Imaginemos, si es posible, un nuevo alfabeto, sin influencia de otras lenguas, o un modelo estético construido con elementos nunca antes utilizados, creando, de esta manera, una nueva concepción del Mundo y de uno mismo. Teniendo en cuenta que esto es imposible, ya que no hay nada nuevo que habite bajo el cielo, y no hay más que nuevas mezclas para los nuevos problemas que nos llegan y pueden incluso superarnos.
Pero dejémonos de aborregadas viñetas, y tengamos en cuenta de que si aún después de tu marcha subsistimos el Mundo y yo, esto se debe a que tu recuerdas el Mundo y a mí. Con la búsqueda de una realidad paralela a la que vivimos no encontramos no comodidad ni hogar en ninguna de las verdades que tenemos a mano, estrellándonos contra el muro de ladrillo que, desde mi ventana, veo como construyen con la idea de tapar el cielo, enladrillarlo, como se podría decir. De esta manera, nuestra realidad sería más falsa todavía y quizás así encajaríamos mejor en ella.
No hay manera de reconstruir el sistema creado a partir de nuestras directrices, de nuestros sistemas. Los rayos del sol cruzarán la noche, y con ellos se iluminará todo aquello que exista bajo el azul. Llegará el sol del mediodía, siempre en su momento más álgido, pero ya en decadencia.
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